Más de cuatro años después de su lanzamiento, llegó la noticia que muchos esperaban: la PlayStation 3 ha sido hackeada. Y lo que es más grave: Sony no puede, ni podrá, hacer nada
para evitarlo.
Vamos por partes. El autor del hackeo ha sido George Hotz, un veinteañero que saltó a la fama por desarrollar el archiconocido jailbreak del iPhone. Parace ser que Hotz y su grupo se han apoderado de los códigos encriptados que el sistema utiliza para autentificar los juegos. Se trata de una serie de passwords necesarios para ejecutar cualquier software en la PlayStation 3 que, ahora que son públicos, le han abierto las puertas a cualquier desarrollo casero y/o pirata.
Sony ha anunciado hoy que cerrará el agujero en una próxima actualización de software, si bien muchas son las voces que ponen en duda la viabilidad de esta operación. Para que la compañía japonesa retomase el control tendría que poner en valor un nuevo sistema de códigos, lo que haría injugable el actual catálogo de juegos, ya que los reconocería como copias ilegales. Según un miembro de fail0verflow, uno de los grupos de hackers más famosos, "la seguridad de PlayStation 3 ha quedado comprometida por completo. No hay solución sin cambios en el hardware, Sony tiene que aceptarlo".
Lo acepten o no, lo cierto es que ha caído el último bastión antipiratería que existía en el mundo de los videojuegos. PlayStation puede sentirse orgullosa de haber fabricado la consola más segura de la historia, aunque su gestión de esta posición privilegiada haya decepcionado a la industria y a sus propios usuarios. Los suyos le reprochan a PlayStation que, como sistema libre de piratería, haya racaneado tanto o más que la competencia, siempre amparada en el discurso de las pérdidas por copias ilegales.
Durante estos cuatro años Sony nos ha demostrado que la piratería, exista o no, no determina el precio de los juegos. Que no os digan lo contrario.
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